Discutir por costumbre, creerte lo que no crees.

Quedé sumamente pensativo luego de una sesión en que hablábamos acerca de Economía básica. Al comienzo de la sesión me vinieron a la mente muchas situaciones y personas, qué decían y cómo lo decían, por supuesto no me di cuenta en ese momento el impacto que dicho background me generaría a posteriori.


Cuando llegamos a discutir acerca de los 10 principios básicos de la economía tomé una postura firme con respecto a por qué creía que esos principios no servían. A medida que iba argumentando en torno a esa postura me sentía cada vez más débil, llegué a decir un par de ejemplos idiotas y situaciones extremas donde la verdad ningún principio aguanta por muy sólido que sea. ¿De dónde venía esa defensa acérrima si la verdad no tenía muy buen sustento de que dichos principios no servían?


Reflexionando después de la discusión llegué a tres conclusiones principales.


Primero, que nuestra experiencia pasada discutiendo un tema no sólo tiene componentes de aprendizajes en lo racional, sino que también existe un aprendizaje y predisposición emocional frente a la tarea de discutir sobre ello. Me explico, en mi vida de estudiante era muy común ver posturas de endiosamiento a la economía, de simplificar lo más posible el análisis, de buscar leyes matemáticas estrictas para “predecir la toma de decisiones humana”, lo cual si bien es una empresa complejísima y quienes dedican su vida a tal estudio desde esta disciplina lo entienden así, muchos caen en la simpleza y se quedan con que “las personas toman decisiones marginalmente como seres racionales” por ejemplo.


Fallé en darme cuenta que las personas con las que hablaba entendían estos principios como herramientas o guías flexibles, como una forma de entender lo que sucede más que como leyes inamovibles y absolutas que era a lo que yo estaba acostumbrado, lo cual me lleva a la segunda conclusión.


Esta predisposición emocional con la que uno carga durante una conversación, puede afectar fuertemente nuestras habilidades de escucha activa y debemos concientizarnos de ello. La escucha activa no sólo se trata de entender el mensaje oral directo, sino tratar de entender también los juicios o la opinión de la persona que nos está hablando, esta persona no es un emisor de contenido solamente, es un ser pensante cuyas palabras nacen desde sus creencias y experiencias y es importante tener eso en mente también. Al final de la discusión me di cuenta que estaba tratando el tema sólo sobre las palabras específicas que usaban mis interlocutores y no sobre qué querían comunicar y además que por ello discutí sobre cosas que realmente estaba de acuerdo, lo cual me llevó a cuestionarme ¿Si estoy de acuerdo, por qué discuto? Esto me lleva a la tercera conclusión.


Discutir con personas con visiones radicales puede radicalizar tu propia postura. Personalmente estoy de acuerdo con los 10 principios mencionados en tanto se utilicen como herramientas y que se entienda que no son una explicación exhaustiva del comportamiento, sin embargo, dado esta postura, frente a personas que decían que los seres humanos somos así tal cual, sin matices, mi discursiva iba en torno a tratar deconstruir ese pensamiento, en esa situación mi argumentatividad iba en torno a que dejes de pensar aquello, con foco en carencias. Lo anterior, es probable que haya dejado una marca inconscientemente de que “cuando hablemos de esto, estoy en contra”, o al menos ese atajo mental explica que antes de escuchar realmente qué tenían que decir mis compañeros, mi predisposición era conflictiva.


En resumen, aprendemos no sólo a nivel lógico-racional sobre los temas y experiencias, sino también a nivel emocional. Hay que ser conscientes de que hay que escuchar, entender, procesar y luego disponerse a tomar una postura, la predisposición a priori puede ser muy contraproducente y finalmente, hay que tener cuidado con radicalizar postura, ser introspectivo, entenderse a uno mismo y estar de acuerdo contigo antes de querer poner a alguien de acuerdo contigo.


Martín Salazar.


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